Raizames
2024
Entender Raizames fue, ante todo, un ejercicio de memoria. Desde el momento en que pusimos un pie en el lugar, quedó claro que allí el tiempo corre a otra velocidad, marcada más por los ciclos de la tierra que por las agujas del reloj. No estábamos ante un proyecto nuevo al uso, sino ante una conversación con el pasado que pedía ser escuchada antes de ser fotografiada. Mi intención fue desaparecer entre las texturas. Me fascinó la rudeza de la piedra, el tacto frío del barro y la forma en que los materiales parecen emerger directamente del suelo, como si siempre hubieran estado ahí. En lugar de buscar la limpieza del estudio, busqué la huella: el rastro de las manos que trabajan, el polvo suspendido en un haz de luz y la pátina que solo el paso de los años sabe dibujar sobre los objetos. El trabajo fluyó de manera orgánica, casi por instinto. No hubo una lista de tomas planificadas, sino una serie de encuentros. Me detuve en los detalles que suelen pasar desapercibidos: una raíz que asoma, la sombra larga de la tarde sobre un muro irregular o ese silencio visual que se genera cuando lo artificial da un paso atrás para dejar paso a lo esencial. Fue un proceso de despojo, de quitar lo que sobraba para llegar al núcleo. Al final, Raizames me enseñó que la verdadera belleza no necesita ser gritada. Está en lo auténtico, en lo que tiene raíces y en la dignidad de lo que se mantiene fiel a su origen. Mi cámara solo intentó ser un testigo honesto de esa fuerza, capturando la quietud de un lugar que, más que ser visto, merece ser sentido.
Proyecto
Fotografía documental
Cliente
Raizames
















